
Inclemente o Adorable, según se te vea. Uno es capaz de viajar 12 horas - las doce horas en avión de la rox o las doce horas en bus desde Lima – con tal de sentirlas tan solo unos instantes. Sumergirse en ellas es casi una de las razones por las que vale la pena vivir. Suaves, aún cuando estén agitadas, sus olas nos envuelven y atrapan hasta dejarnos sin aliento y sin libertad para huir. Los que no te conocen y no te han gozado desde que nacieron afirman, con poco acierto, que todas son iguales, que no hay playa especial. Y quizás sí, en apariencia, todas las playas tengan arena y agua salada, pero no hay ninguna igual a ti. Con ese toquesito de sal que hiere los labios, una agitación que no llega a ser suficiente para un surfista hawaiano y unos cambios de ánimo casi constantes, el agua colaneña es y será siempre la adoración de los piuranos.
No eres tan famosa como la pintona de Máncora (Tumbes), ni tan llena de turistas como Copa Cabana (Brasil). Tampoco eres tan de ensueño como en Uruguay ni tienes supermercados y teatros a la vuelta como Asia (Lima). Tampoco estás libre de las desigualdades típicas del Perú (ver enero en el blog de
Rafo Leon en Caretas) pero eres amorosa, dedicada, clemente y acomedida. Eres tú Colán, nuestra favorita.

¿Será que cuando se vive en un desierto como el piurano tendemos a ensalzar al agua aún cuando está salada? ¿Será el calor piurano el que nos lleva a encontrar una reconfortante paz con tus tibias caricias? ¿Será el exceso de sol el culpable de gozar tanto cuando finalmente se va y nos deja un cielo anaranjado que combina perfecto con tu ocasional verde esmeralda? ¿Será que tú estas siempre allí y no caes irrespetuosa desde lo alto para destruir todo a tu paso como sí lo hacen esos huaycos tremendos que anualmente nos dejan los ríos y hoy tienen a medio Perú de duelo? ¿Será el amor verdadero tan grande como el que te tenemos?