viernes, junio 19, 2020

Mi antivirus favorito

Mi antivirus favorito tiene una pizca de anti-egoísmo sumado a otro poco de disciplina y empatía. Creo, sin ánimo a equivocarme, que este virus, entre otras cosas, nos ha venido a enseñar a amar. Sí, amar. No me he equivocado de palabra. Me explico.
Amar significa, así con mayúscula, una decisión racional de hacer el bien al otro, tanto bien como el que me deseo y proveo a mi mismo. No se puede amar al otro sin amarse uno. Es decir, Amar es amarme yo y amar el próximo. Juntos buscar el bien común.


Este virus que nos golpea inclemente, nos exige Amar. Si te quiero evito contagiarte. No te expongo. No me voy a darte un abrazo porque deseo evitar que te contagies. Porque, a menos que te hayan hecho todos los test existentes y hayas dado negativo, podrías ser portador.
Pero no se trata solo de amar a los amigos y la familia y no exponerlos al contagio. Se trata de la comunidad. Si salgo, no me acerco mucho, mantengo la distancia, camino lejos del tumulto y lo evito. Menos escupo, toso sobre algo o sobo mis manos en las superficies luego de tocar mi nariz o mi boca. Porque te quiero, me alejo, como dice un slogan por ahí.


Las calles limeñas están llenas de mucho egoísmo. Lo he dicho ya varias veces. Al que le sumas la rebeldía de no querer hacer lo que me dicen sino lo que a mí me parece. Es egoísmo, y no otra cosa, lo que hace botar basura en la calle o en la fachada de una casa ajena.  Y la lista es larga.
Si quiero bañarme en la playa y salgo a pesar de que me lo prohíben porque "me da la gana", según dice ese que sale con su tabla, desafía la disposición y, para empezar, da mal ejemplo. Si están diciendo no salgan es para que todos obedezcan, porque si sale uno y no pasa nada, entonces salen todos y se hace tumulto y viene el contagio.
No estoy diciendo que no existan personas que salen para ver si consiguen algo para comer ese día y que como no tienen refrigerador no pueden comprar para varios días y literalmente pueden morir de hambre. Digo que si sales puedes cuidarte y cuidar a los demás un poco más si lo intentas.
Hay zonas en donde es mucho más fácil contagiarse por el tipo de vivienda, pero si quienes viven en distritos "aireados y cómodos" hubieran cumplido las reglas a raja tabla al principio no tendríamos ahora el desastre que se vive en zonas menos favorecidas y mucho más difíciles de contener. Sí un portador no se va de visita por aquí y por allá no contagia. Y no exponer al otro al contagio es una forma de amar. 

No sé

No sé si existe
el amor a primera vista
Pero nunca podré olvidar
como brillaban tus pupilas
el día que te ví por primera vez.

No sé si esto es solo platónico
pero siento que soy toda de tus labios
aun cuando jamás nos hemos besado.

No sé si es amor platónico
o una locura mía
pero quiero que me quieras
como cuando por primera vez
tus ojos me amaron.


sábado, febrero 29, 2020

Ese sujeto llamado prójimo

Pequeños actos - y gestos - nos dicen mucho del corazón de las personas y sus niveles de apertura al bienestar común más allá del uno mismo. No nos confundamos. No digo que no tengamos amor propio, sino que pensemos un poquito más en el tú, el nosotros y ellos.
El limeño promedio a veces parece metido en una carrera contra el tiempo donde el "yo me mi conmigo" prima. No es que no tengamos otras virtudes o no seamos buenos amigos, sino que el prójimo queda fuera y el desconocido no existe.

El reciente escándalo del gerente del restaurante que uso el sitio preferencial reservado para discapacitados y lejos de disculparse admitiendo el error ante el reclamo se puso altanero, fue una clara muestra de esa dolencia como sociedad insensible que nos aqueja.
El sitio preferencial existe para ayudar al prójimo, a ese desconocido que necesita nuestra mano porque tiene una vida más complicada que la del resto. Sacar una silla de ruedas del auto es complicado y entrar sin rampa aun más. Dejar libre su sitio es el camino para facilitarle la vida. Es pensar en el tú primero, ese tú que no es mi pata.
Los comentarios en redes de respaldo al trasgresor de la norma tenían un elemento común de normalizar la prepotencia y justificar el egoismo. Ese mismo que prima también entre los que ayer se quejaban de los retrasos en el tren por culpa de un suicidio. ¿Qué nos pasa? ¿Desde cuando mi prisa es más importante que el sufrimiento ajeno?

Lo peor es que lo vamos normalizando y creemos que está bien ser egoístas. Es quizás por eso que ahora Amy (de Mujercitas) nos parece "buena". No señores, Amy envidia a su hermana, quiere todo lo mejor para si misma y no piensa en los efectos de sus actos en su propia hermana, menos en el prójimo desconocido. En la nueva versión cinematografica de la historia el personaje es el mismo, lo que pasa es que ahora justificamos el "vale todo" por mí felicidad sin importar quien queda atrás. Y eso es justamente lo que, como sociedad, tenemos que cambiar.

domingo, febrero 24, 2019

Todos somos Roma

Solo para pecar de cursi arrancaré diciendo que todos los caminos conducen a #Roma. En verdad, todos somos Roma, al menos en Latinoamérica. Todos vivimos en una simil de la calle Roma y tenemos en nuestra memoria alguna Yalitza que era parte sustancial de la familia. Esa segunda mamá que a nosotros o a alguien muy cercano a nosotros, cuidó por pocos centavos.
Al ver la cinta sentía que estabamos en Perú. En mi mente desfilaron miles de anastacias sacadas del violentado Ayacucho y obligadas a dejar atrás su quechua para cuidar niños ajenos como propios. Ahí estaban engañadas, abandonadas, resignadas, sumizas, temerosas, aburridas.
El mérito de la película va más allá de la reivindicación. Nos muestra una realidad viva, persistente, cotidiana y no por eso menos triste y dolorosa. No es, para nada, una historia entretenida. Es una foto triste de una problematica persistente en nuestros continentes.
La Lima actual , al igual que México, aun tiene mucho machismo, racismo, clasismo y un largo etcétera. Es ese sentimiento el que ha hecho que muchas voces protesten por las nominaciones al Oscar, por las portadas de revistas y toda la bulla a favor de Yalitza. Y es ese mismo sentir el que ha originado la protesta de las socias de un club limeño por la excesiva presencia de nanas "sin derecho".
Gane o no el Oscar, Yalutza ya triunfó. Reavivó el debate, abrió los ojos al mundo sobre lo que significa ser indígena y trabajar en una casa cuidando de otros. Nos recordó su rol dentro de la familia y la sociedad. Fue la voz de miles de empleadas del hogar. Ya se que no son seres perfectos, pero el director no buscó endiosarlas, solo recordarnos al mundo cómo es su vida y cual es su aporte al núcleo familiar. Y lo logró en forma magistral.

viernes, octubre 12, 2018

No todos

No todos los peruanos somos rateros, cochinos, corruptos y saca-vuelteros. El estereotipo hace daño. Y está en nuestras manos, uno a uno, cambiar esa imagen.
Sí, la realidad nos está golpeando fuerte este año. Todos los ex-presidentes de los últimos años - y los candidatos mas fuertes- investigados por sobornos o labado de activos. Y tenemos un congreso repleto de personas que a costa de mantener su inmunidad - y seguir trafeando tranquilos - aprueban leyes para protegerse.
Indigna. Lo que debería ser la excepción es cosa de mayoría. Lo ilicito se vuelve pan de cada día y se crea una coraza de conformismo ante lo indebido.
Pero no todos somos ladrones. Y tenemos que defendernos con ejemplos individuales, de a uno. Perú somos los de a pie. Perú somos todos. Y queda gente honesta.
El otro día, al pie de un parque, encontre un panadero ambulante honesto. Le di lo que creía eran varias monedas de 10 centimos que sumaban dos soles y cubrían el costo de un delicioso buñuelo de manzana. Me devolvio la mitad. Insisti, "señor son dos soles, tenga". Volvió a contar y me las devolvió una vez mas, sonriendo. Entonces cai en la cuenta de que eran monedas de 20 centimos. No quizo cobrar de mas ni aprovecharse de mi despiste.
Esto es el Perú. No importan los políticos corruptos. Perú somos todos. Incluso este panadero viejito, pulcro, honesto, amable y muy limpio. Lo felicité, le agradecí su honestidad, sonreí y pensé: no todo esta perdido. Vamos adelante, Perú.

domingo, abril 29, 2018

La casa de cristal

Vivimos en una casa de cristal. El termino lo acabo de leer en un artículo de opinión (de Fabiola Morales) y me pareció muy preciso. El gran hermano se queda chico y no sé si nos estamos dando real cuenta de lo que pasa o si estamos perdiendo la noción de intimidad.
Partimos del escándalo de Facebook, quien filtro data personal, y llegamos a Mamani y sus videos que lograron la renuncia de un presidente. El punto es que se está haciendo público algo privado y los defensores de la trasgresion de la privacidad son cada vez más.
Sí, cuando hay un delito grave un video puede ser la prueba, pero debe ser obtenida lícitamente. Pero mas allá del caso puntual, hay muchos videos circulando en redes mostrando actos privados o íntimos. La tecnología nos permite grabar con mucha facilidad y compartir contenido en forma pública. Pero lo mas grave, creo, es que la mayoría ni se inmuta: les parece normal y correcto difundirlo todo.

¿Comí un saltado? Ahí está la foto. ¿Me emborrache e hice un papelón en la puerta del restaurante? Video viral con miles de vistas. ¿Violé a una chica en plena discoteca? Cientos comparten el material, lo comenta, se burlan ¿Perdi la paciencia y grité a la cajera del supermercado? Tendencia en twitter. Y ni se diga si sugerí sobornar a un ministro, pues la versión editada copa titulares en toda la tv.
En algunos casos puede ser útil el deseo de ser ciudadanos activos en la denuncia para evitar impunidad, pero hay un límite entre lo correcto y lo incorrecto que se está diluyendo. Una mujer se pelea con el novio y publica en Facebook todos los chats del supuesto canalla para que vean sus amigos lo mal sujeto que era. Capturan pantallas sin reparo y las difunden sin remordimiento.
Las nuevas generaciones crecen acostumbradas a vivir en una casa de cristal en donde, como el gran hermano, todo se filma y se está a expensas del dominio público, de una gran audiencia que consume realidad pop corn en mano, sin remordimiento alguno. Y no sé, pero creo que tenemos que encontrar un límite: proteger nuestra intimidad y respetar la ajena. No solo se trata de que Facebook o las industrian sepan qué desayuno, se trata de poder desayunar sin tener miles de espectadores. Algo tiene que cambiar.

martes, enero 02, 2018

Del odio al amor...

Cuando una herida está abierta, es facil sufrir. Basta un poquito de alcohol para robarnos un grito acalorado, cuando menos. Si ya solo queda una cicatriz seremos indiferentes a provocaciones, pero mientras la herida no sane, cualquier provocación exalta.
Pasa en el amor, pasa en la ficción y pasa en el país. Quienes vivimos los efectos del terrorismo en los '80s lo sabemos. Si, quizas a ti, limeño mazamorrero, no te arrastraron al monte a darte una paliza, pero la luz se apagaba, los coches bomba te asustaban y sufriste el terror de una u otra manera. no sé ustedes, pero yo todavía me asusto cuando hay apagón. Los terroristas eran el peor de los cucos de mi imaginario pre-escolar y el símbolo del MRTA me da hasta ahora panico.
Cuando llegué a la escuela me explicaron porqué esa gente se estaba revelando. Estaban dolidos, muy resentidos porque sufrían muchas carencias y parecia que a nadie les importaba su dolor. les habían hecho creer que matar a los ricos corruptos en el poder era la única solución. la forma de curarlos, decían las monjitas, es dándoles amor, compartiendo con ellos, resarciendo injusticias, mejorando sus oportunidades para salir de la pobreza, creando una sociedad mas solidaria.
Han pasado más de dos décadas y sí, hemos reducido la pobreza extrema en como 20 puntos porcentuales. Sí, Perú se volvió un lugar seguro, prospero, y un campesino, el rey de la papa, puede mandar a sus hijos a estudiar a la mejor universidad dd Londres. Pero no, todavia la herida no está sanada. La corrupción y su gran amiga la injusticia no han desaparecido.
Varios cabecillas terroristas han cumplido sus 25 años de condena y están saliendo para repetir su discurso de odio. Otros han madurado y cambiaron la violencia por la política. Pero no han encontrado una cicatriz, han encontrado una herida en donde el alcohol duele y genera gritos intensos. Los destapes de corrupción de Odebrecht que embarran a todos los partidos políticos sin excepcion (unos más que otros) no solo dividen al país y despiertan el resentimiento, sino que generan malestar, ira, desilución.
No soy nadie para juzgar porqué el Presidente metió la pata y cayó en la trampa del "indulto o vacancia", pero es evidente que la injustia ante la corrupción imperante, el grito de traidor, el reclamo de organizaciones internacionales y la viveza de adecuar la ley para beneficiar al que tiene poder para presionar solo empeoran las cosas. En pocas semanas pasamos de ser el ejemplo de resurgimiento económico a un país en donde se defiende ir contra los derechos humanos - como sucede en Venezuela - y se acusa de caviar o pro-senderista al que simplemente pide respetar el debido proceso, cumplir la ley y los acuerdos internacionales.
No, no soy pro-sendero ni me interesa la política. No, como miles de peruanos, no quiero violencia: solo estamos atónitos e indignados ante la corrupción imperante y la forma injusta y truculenta en que los delincuentes estan manipulando la opinión pública. Si un condenado está a punto de morir, nadie se opone a que le den lo necesario para partir en paz. Si un funcionario público no respetó su vocación de servir sin buscar su beneficio económico que sea juzgado, pero cumpliendo plazos, no bajo amenazas de "si no haces lo que quiero vas a la cárcel asi no seas culpable".  Aquí se está trasgrediendo la ley y se está manipulando a la opinión pública y se está encendiendo una hoguera de odio y resentimiento.
Las monjitas de mi colegio, creo, siguen teniendo razón. El odio se cura con amor, pero un amor expresado en obras que traten de reconvertirnos como sociedad. Esa herida necesita sanar y lo hará cuando mejoremos la forma en que se aplica la justicia. Para perdonar la gente necesita ver que se respeta la ley. Insultarlos ante su indignación por canjes deshonestos solo genera mas división. Gritarle terruco a un universitario que protesta no va a solucionar nada. Empecemos este 2018 intentando ser tolerantes, cordiales al discrepar, cumplidos con la ley y respetuosos ante el dolor ajeno. No creemos caldo de cultivo para ideologías violentas. Pongamos nuestro granito de arena para impedir que los '80s o los '90s regresen. Sí se puede mejorar como sociedad, pero todos tendremos que mojarnos. La cosa es seria.

domingo, julio 16, 2017

Líneas punteadas

Muchos creo que no lo saben, pero existen unas líneas blancas que están en las esquinas con el único propósito de dar un espacio al peatón para cruzar. No son para que los carros se estacionen, sin embargo, la cantidad de gente que las usa para bloquear el paso es impresionante. Solo les importa ganar segundos con centímetros y les vale un comino si alguien no tiene espacio para pasar o si estan bloqueando la rampa para los discapacitados. Y no es extraño incluso que terminen atropellando a algún ciclista por adelantarse al cambio de luz.

Si solo se tratara de gente despistada, que se le chispoteo ver el semáforo, bueno, ya que, sería una minoría tolerable. Lo triste es que me parece más un hábito adquirido y generalizado, un "no me importan las reglas, solo mis deseos" imperante en grandes mayorías. Veo con espánto mucho egoísmo y viveza criolla del que está dispuesto a vivir bajo sus propias reglas sin pensar en las necesidades del prójimo. Es más, soltará sin reparos una propina a la autoridad para resolver el percanse si es que osan con intentar sancionarlo por transgredir la ley. Y no solo son las líneas punteadas, suele darse en todos los aspectos cotidianos de la convivencia ciudadana. Por si fuera poco, lo coronan con orgullo en Facebook con miles de letreros en donde se celebra el haz lo que quieras y vive según tus propias reglas sin importarte lo que le pasa al resto.  

No todo está perdido. Felizmente. De vez en cuando los limeños salimos del egoísmo al que nos hemos acostumbrado y demostramos que podemos ir más allá del yo a ultransa. Lo malo es que es casi como las festividades navideñas, que brillan y desaparecen al pasar apenas un par de días. Lo digo porque, pasada la crisis que el terrible niño costero nos trajo, la enorme solidaridad surgida se diluyó en la rutina. Por un par de semanas la gente abrió su corazón y
corrió presurosa a compartir con el prójimo damnificado desde un tarro de leche hasta pañales, pero luego volvieron al yo me mí, conmigo. Eso quiere decir que podemos, si queremos, ser "gente". Basta con empezar, de uno en uno, a cambiar el chip.

Tú sí... tú no


Justicia es en realidad una palabra muy grande que se define con muy pocas palabras: dar a cada cual lo que le corresponde. Si todos somos distintos… ¿deberíamos recibir lo mismo? No lo creo.
Ese fue siempre uno de los principales talones de Aquiles del comunismo: creer que se puede tomar toda la producción de, por ejemplo arroz, y repartirla en partes iguales a todos los habitantes de un pueblo, sin libertad para, en honor al mérito por tu trabajo, recibir un poco más de arroz o poder ir a la tienda y pagar por uno integral pues tienes una dieta especial para bajar de peso. La libertad de elección es una de las principales perjudicadas cuando se quiere entender la justicia como dar a todos lo mismo sin atender a las diferencias o a los esfuerzos que cada uno pone en conseguirlo. Todos somos individuos distintos y ahí radica justo lo divertido del libre comercio, en que podemos jugar y competir con alternativas diferentes. Para gustos colores, reza el dicho.
La ecuación, sin embargo, se complica cuando aparecemos los discapacitados en la escena. Entonces entran en juego dos palabras - discriminación y preferencias – que suelen incomodar a propios y extraños. La discriminación, a diferencia de la justicia, es un sustantivo que nos habla de dar un trato diferente, pero no para lograr la equidad, sino perjudicando a una persona por su raza, sexo, ideas, salud, etc. La preferencia, en cambio, se trata de dar una ventaja o mayores derechos a alguien sobre algo justamente porque se parte de una situación desventajosa.
En la vida cotidiana de un hogar la atención preferencial se entiende fácil si se cuenta con un hijo discapacitado, pues el cariño al niño “diferente” o “menos favorecido” hace que para todos en casa sea evidente que necesita más ayuda y se la brindan sin reparos, pero en la calle la realidad es otra. La ley obliga a los municipios y a los negocios a dar atención preferencial a los que tienen menos capacidad de espera, pero los usuarios sin limitaciones de salud se quejan porque esperan el mismo trato y no soportan tener que esperar y ceder el paso en la cola. Quieren que se trate igual a quienes no lo son e incluso, los he oído, dicen que es “injusto” que se brinde trato preferencial a quien viene en situación desventajosa.
La discriminación, para un discapacitado, es el pan de todos los días desde que amanece hasta que anochece. ¿Por qué Indecopi multa a un cine por no tener un ascensor? Simple: si tú no pones vías de acceso para alguien que no puede subir escaleras estás limitando el acceso a dicho negocio a las personas que son diferentes. Como negocio le estás diciendo: si puedes caminar, puedes entrar a divertirte, pero si no puedes caminar, no eres bienvenido aquí. Te niego el acceso porque tu cuerpo es diferente. Y como negocio no puedes decir que es “injusto” que te multen por no tener ascensores porque lo injusto es la discriminación, el no tratar de paliar las diferencias. Nadie está tratando de ir contra el libre mercado aquí, al contrario, la autoridad te está diciendo has que tu negocio sea de libre acceso para todos los interesados en acceder a él puedan conocer tu oferta.
En el caso del acceso a los servicios públicos la obligación del Estado es proporcionar a todos los ciudadanos el mismo acceso a ellos, incluyendo señales en lenguaje mudo para los sordos y guías o personal que oriente a los invidentes. La ley incluso ha emitido una disposición que ordena el acceso gratuito a los medios de transporte masivo, la cual no es puesta en práctica aún porque falta un reglamento. ¿Quién asume dicho costo de los viajes gratis? ¿El Estado? ¿El negocio? La discusión sobre la responsabilidad social en torno al tema es compleja, pero lo importante es no perder de vista en medio de ese debate lo que se busca: dar a cada cual lo que le corresponda.
En algunas corporaciones se percibe malestar por las obligaciones que el Estado ha impuesto a favor de los discapacitados. Por un lado está la cuota de contratación – al menos el 5% de los trabajadores en el sector público, haciendo un equivalente al porcentaje de la población que es discapacitada, es decir 5% - y por otro los descuentos o tarifas especiales por tratarse de poblaciones que tienen en promedio ingresos 40% menores que el resto de la población, salvo una minoría que ha tenido la oportunidad de destacarse y salir adelante. El problema es complejo, insisto, porque toca el bolsillo de las arcas públicas o privadas. Si el usuario no paga alguien más tiene que hacerlo. La cuestión es definir a quién, por justicia, le corresponde asumir el citado costo.
Si alguien no puede producir cinco colchas por minuto en la fábrica sino solo dos, pues tiene solo un brazo, ¿debe ser reemplazado por alguien con ambos brazos? ¿Qué pasa entonces con este individuo con un brazo si pierde su trabajo por ser menos productivo? ¿No se convertiría en una mayor carga social tenerlo sin producir al menos dos colchas? ¿Conviene tenerlo ocioso y hacerlo vivir de la caridad si puede producir dos colchas? He conocido un economista destacado que solo tenía un brazo y era totalmente autosuficiente en términos económicos y sabía bien que no era injusto que se le diera oportunidad de trabajar. Injusto hubiera sido ignorar sus méritos intelectuales solo por tener una limitación física…
No tengo la respuesta para todas las preguntas que planteo. Pero creo tener claros varios conceptos. En primer lugar nadie es menos por ser discapacitado, simplemente su cuerpo es diferente: o no escucha, o no ve, o no puede caminar, o no tiene manos fuertes o su razonamiento matemático es el de un niño de cinco años aun cuando ya es adulto. Y ser diferente implica, sí, un trato diferente, preferencial, pero no discriminatorio, pues no estamos en la era antes de Cristo ante alguien que tiene lepra, solo habilidades distintas. Tampoco se trata de generar una cómoda dependencia de la limosna en alguien que puede aportar productivamente a la sociedad.  En la antigua Esparta se tiraba por el barranco al niño que nacía con pocas habilidades físicas. Dos mil años después sabemos que esos niños que no tiramos al barranco tienen derecho a ser felices y pueden – y quieren – aportar a la sociedad con sus habilidades diferentes. Muchos de ellos, como los niños autistas, tienen talentos artísticos excepcionales. La discusión sobre qué reglas deben regir en las empresas y en las instituciones públicas para ayudarlos y cómo se asumirá el costo de dichas ayudas es vital, pero lo más importante es siempre recordar que lo que se busca es darle a cada cual lo que le corresponde y no tratar como igual lo que es diferente.
Y no, no está mal ser diferente y ser tratado como algo distinto. Ser original, único, irrepetible es algo respetable, digno y hasta bonito. Y lo justo es reconocerlo.