martes, junio 16, 2009

Encaminados


Para saber realmente qué está pasando hay que estar allí. Desde lejos, desde fuera, difícilmente se pueden conocer las raíces del problema. Acá en Lima nos llegan videos variopintos, espeluznantes, tristes. Un mototaxista que habla de un genocidio y de miles de indígenas muertos tirados al río. Un policía que busca los cuerpos de sus colegas a la ribera del mismo río. Y mil historias más que generan un sentimiento unánime: ningún decreto, ningún presidente, ningún tratado de libre comercio y ninguna inversión merecen que los peruanos se maten unos a otros.

Acá escuchamos a varios abogados explicar que la cuestionada ley, hoy en camino de derogarse, no era contraria a los intereses de proteger el medio ambiente o las comunidades nativas. Tenían, sí, algunos vacíos que podían prestarse a algún aprovechamiento y por tanto debía ser corregida o arreglada prontamente, pero no más. Y al gobierno de Estados Unidos, según dicen, lo que le interesaba era que se detuviera la tala ilegal y no se destrozara el bosque y por eso pidieron la ley. Sin embargo, hubo quienes se valieron de esos decretos para crear un “mounstro”, que originó la violenta tragedia que tiene hoy 34 fallecidos confirmados.

Hoy, con un abrazo entre costeños e indígenas se ha iniciado el diálogo. Un diálogo que nunca debió ser interrumpido. Una nueva ley que concilie los deseos de los nativos, dueños de los bosques, y los acuerdos internacionales, deberá pronto gestarse. Y aunque no podamos eliminar de un día a otro las grandes diferencias que existen entre los costeños - que se gastan US$500 para ir a un concierto el fin de semana - y los indígenas - recolectores y cazadores, que viven al mes con menos de US$100 – al menos podemos intentar tolerarnos, comprendernos, armonizarnos, perdonarnos… y ayudarnos unos a otros.

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