En fin, regresando a la censura, la encontré ni bien llegué, antes de mi histórica perdida. Y es que cuando uno entra a un cuarto de hotel, lo primero que hace es prender la televisión. Y fue allí donde vi, con asombro, la versión censurada del cable. Sí, como corresponde, el hotel tenía varios canales de TV, pero todos eran en ininteligible mandarín. El clima, las noticias, las series animadas para niños y las películas. Cuando había perdido esperanza de encontrar algo interesante, encontré unos tres o cuatro canales internacionales. Estaba Blomberg (noticias), uno de naturaleza (no recuerdo si era el Discovery) y dos de películas. HBO y Cinemax. Pero no era el HBO al que estamos acostumbrados en Sudamérica. Era un canal con unas películas rarísisimas, de mensajes muy cuidados. Nada de americanadas. No sé si en las casas la gente tenga opción a ver otro tipo de programación, pero por lo que pude apreciar durante los días que estuve allí, no había la gran variedad de películas y programas a las que estamos acostumbrados. Era lo opuesto a lo que se puede encontrar en Amsterdam, en donde tuve oportunidad de espantarme ante el exceso de libertad en la tv.
Más tarde, cuando llegué al salón de prensa (luego de subir caminar en círculos y volver a subir), pude volver a sentir que había censura. Digo yo que era censura. Lo que pasa es que las computadoras – todas chinas, con caracteres chinos por todos lados – ponían muchas trabas para entrar al gmail. Y ni que decir para bajar mi bandeja de entrada del periódico. No había forma de abrirlo. El censor lo censuró y punto final

¿Y en las calles la gente tiene libertad? ¿Las mujeres tienen derechos?. ¡Va!, Con mi ausencia de mandarín poco pude enterarme, porque mi nivel de comunicación se limitaba a las gesticulaciones y a dos o tres palabras en inglés que ellos lograban entender. Sin embargo, pude observar, con asombro, que acá los hombres son los importantes. En los restaurante me acordaba de Mulán y su prohibición de hablar con varones cuando veía a las meseras que no intercambiaban palabra con los meseros, pero si entre ellas. Pero más aún me llamaba la atención ver que las chicas recogían los platos de los hombres de nuestra mesa primero. No importa si las mujeres ya habían terminado, había que recoger el plato a todos los hombres y luego entonces quizás, con suerte, recogían el de una. Muy atentas les traían gaseosa, hielo, platos y todo lo que necesitaran mientras pasaban al lado de una sin inmutarse por lo que nosotras pudiéramos necesitar…
P.D. Felizmente en los hoteles, las damas si somos tratadas a lo occidental…