Corre y si es posible vuela, porque no llegas. Conferencia de prensa a las nueve sobre un lindo proyecto de televisión en vivo en los colegios. Entrevista a las once con una transnacional que cuando llegué me dijeron que no me estaban esperando. Entrevista a las doce en el Ministerio. Salgo a la una y resulta que en la transnacional si me habían estado esperando… y que me van a recibir a las tres. Total que llego al diario, reviso sin terminar mi correo y voy a la transnacional otra vez, pero por otra puerta. Y ahora si me reciben. Y salga usted corriendo porque el bus para Piura sale a las 4:30. Llegué a las 4:37 y aunque todavía no se había ido el bus, no me dejaron subir… y se fue sin mí.
Tal parece que Oltursa se ha tomado en serio el lema del señor presidente de erradicar la hora peruana (una hora después de la pactada). Lo desagradable es que el encargado estaba tan molesto como yo y no hubo manera de hacerlo detener el bus. Lo agradable es que la señorita que me vendió un nuevo pasaje (!!!) al menos me daba la razón (se ponía en mi lugar) y me repetía que aun cuando le parecía injusto, no podía hacer nada por ayudarme. Al menos ella si escuchó la charla de atención al cliente.
A pesar del pronóstico de lluvias, llegamos a la hora pactada. Eso sí, mientras caminé para tomar un taxi rumbo a Colán pude ver a mi querida Piura golpeada, cual si hubiera ocurrido un bombardeo: toda llena de polvo, poblada de charcos y con gente apesadumbrada. Era casi una Venecia negra, con los pobres de luto. “¿Y dónde está la plata que se dio para invertir la última vez que hubo lluvias? ¿Cómo es que nunca estamos preparados?” – se quejó mi compañera de taxi mientras contemplábamos las gruesas gotas que mojaban la luna del auto.
Si fuera la primera vez que llueve torrencialmente, se entendería la falta de previsión. Pero no. Ya en 1983 se vivieron las más históricas inundaciones. En el 97 se volvió a tener lluvias catastróficas. Y el año pasado los sabios del clima pronosticaron otro suceso parecido. ¿Por qué no sabemos prevenir? Según mi compañerita de taxi, la culpa es de los alcaldes y presidentes regionales, que no planifican bien las construcciones y no toman previsiones en beneficio de los agricultores…
Finalmente llegué a la playa y me dio de golpe toda su calma. Era como si el tiempo se hubiera detenido y el caos limeño estuviera a mil años luz de distancia. Allí estaba ella sonriente, cálida, acogedora. Sin embargo su espíritu estaba algo rebelde, sus olas agitadas y su humor algo amargo. “Ayer tuvimos oleaje”, me comentó mi abuela. Y al bajar a la arena lo pude comprobar. En la orilla el agua llegaba acompañada de cientos de ramas que el río había depositado ayer con ímpetu desmedido. Estaba la pobre toda revuelta.
Felizmente al atardecer ya el agua había votado todos los desperdicios y aunque seguía agitada, jugueteaba coqueta con el sol e invitaba a los veraneantes a sumergirse en sus encantos. Y para la mañana siguiente, cual niño travieso que espera no ser castigado, el agua estaba más calmada que nunca. Como queriendo convencernos de que no iba a volver a repetir sus tretas de 1983, cuando se agitó tanto que derrumbó el 95% de las casas de playa.
Aún recuerdo a mi abuelo parado en las ruinas, en el único pedazo de patio que quedaba, clavando sus intensos ojos azules en el fondo del mar. Yo no cumplía aún ocho años y no tenía noción de lo que cuestan las cosas, pero sí que me imagina que iba a ser un poco difícil volver a construir toda la casa de nuevo. Nunca olvidaré la impresión que me causó ver solo agua en donde antes habían terrazas, mesas, amacas, juegos de mesa, vajillas y mil cosas más. Y nunca olvidaré la hermosa lección que en aquel entonces me dio mi abuelo. No había necesidad de gritar, ni de desesperarse por los miles de dólares perdidos o los recuerdos que se llevó el agua. El sonrió (aunque le provocara llorar) hizo un par de comentarios graciosos al par de nietas que lo acompañaban, conversó con algunos pescadores, sacó algo de dinero de la billetera y manejó de regreso a la ciudad sin perder la calma ni el buen humor. Y ni bien acabaron las lluvias empezó la construcción de la nueva casa. Y para el siguiente verano, al igual que el resto de veraneantes, teníamos una muy linda nueva casa …