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jueves, octubre 11, 2007

Contra todo pronóstico


A pesar de los vaticinios del hombre del clima y de cuanto instituto geofísico hay por acá, el fin de semana salió el sol. Presurosas tiramos abrigos y montamos bicicletas rumbo a nuestro miraflorino malecón. Con inmensas sonrisas contemplamos – al fin – un cielo celeste entremezclándose con una turbulenta agua turquesa, la cual, desde que aconteció el temible terremoto iqueño ha dejado de hacer honor a su pacífico nombre.

Gozamos al máximo unos incipientes rayos solares sobre el rostro y nos alegramos de los arreglos que el nuevo alcalde ha hecho a la ciclo vía mientras contemplábamos a algunos niños volar sus cometas, confirmando así la llegada de la primavera.

Pero tal parece que el fin de semana fue solo un par de días. Y una vez concluido, el sabelotodo del clima repitió su terrible discurso: no habrá primavera y se mantendrá la temperatura fría que hemos tenido hasta ahora. Y como si las nubes tuvieran que obedecerlo siempre, regresaron a su tradicional posición, taparon el sol y ensombrecieron con su luto las calles. Otra vez tome usted el abrigo, cúbrase bien la garganta y soporte los 14°C con el mejor ánimo posible.

Allí están los pobrecitos árboles sin recuperar sus hojas caídas, llenos de polvo y faltos de brillo. Allí están sin terminar de florecer los arbustos, mirando al cielo como reclamando un poquito de luz. El cielo gris parece no escuchar tanta queja y los deja tristes, tan tristes como lo estaba mi compañero de viaje entre Carolina del Norte y Houston. El guapetón norteamericano de poco más de veinte años había tomado el primer avión que encontró y no había tenido tiempo ni de cambiarse ni de hacer una maleta. Le acababan de avisar que su padre había fallecido. Sus lindos ojos traslucían el reclamo de quien no entiende por qué la vida es así. Y si bien su pena era mucho más grande de la que pueden sentir ahora los niños a quienes una vez más se les prohíbe ir al malecón a jugar hasta que no vuelva a salir el sol, es entendible la desilusión de tener una primavera sin primavera.