A pesar de los vaticinios del hombre del clima y de cuanto instituto geofísico hay por acá, el fin de semana salió el sol. Presurosas tiramos abrigos y montamos bicicletas rumbo a nuestro miraflorino malecón. Con inmensas sonrisas contemplamos – al fin – un cielo celeste entremezclándose con una turbulenta agua turquesa, la cual, desde que aconteció el temible terremoto iqueño ha dejado de hacer honor a su pacífico nombre.
Gozamos al máximo unos incipientes rayos solares sobre el rostro y nos alegramos de los arreglos que el nuevo alcalde ha hecho a la ciclo vía mientras contemplábamos a algunos niños volar sus cometas, confirmando así la llegada de la primavera.
Pero tal parece que el fin de semana fue solo un par de días. Y una vez concluido, el sabelotodo del clima repitió su terrible discurso: no habrá primavera y se mantendrá la temperatura fría que hemos tenido hasta ahora. Y como si las nubes tuvieran que obedecerlo siempre, regresaron a su tradicional posición, taparon el sol y ensombrecieron con su luto las calles. Otra vez tome usted el abrigo, cúbrase bien la garganta y soporte los 14°C con el mejor ánimo posible.
Allí están los pobrecitos árboles sin recuperar sus hojas caídas, llenos de polvo y faltos de brillo. Allí están sin terminar de florecer los arbustos, mirando al cielo como reclamando un poquito de luz. El cielo gris parece no escuchar tanta queja y los deja tristes, tan tristes como lo estaba mi compañero de viaje entre Carolina del Norte y Houston. El guapetón norteamericano de poco más de veinte años había tomado el primer avión que encontró y no había tenido tiempo ni de