Matías se acercó sin vergüenza y con una sonrisa nos ofreció el oro y el moro. Sus largas trenzas doradas brillaban tanto como el sol y sus transparentes ojos se confundían con el mar. Confieso que me interesó más su rostro que sus collares, pulseras y aretes. Con un castellano masticado y una sencillez impresionante se entretuvo en una conversación eterna. Había salido de Alemania cinco años atrás para viajar por el mundo. Tenía ya un año en el Perú viviendo de lo que vendía. Andaba escaso de equipaje y comodidades. Le bastaba con un buen plato de comida, la compañía de su amada, la lealtad de su perro y un lugar donde dormir. No quería, ni necesitaba, ni se angustiaba por nada más. No parecía vicioso ni nada por el estilo, tan solo un hippie feliz, despreocupado, super buena honda. Le compré unas medallas y me regaló un anillo, hecho al instante, con una luna y un sol enlazados, como adivinando que eso una vez significó mucho para mí. Créanme que se le veía tan contento…
Martha, tan piurana como el algarrobo y tan trigueña como menuda, no sabe molestarse. Al menos parece vivir siempre en las nubes. Tan descomplicada y despreocupada, que te relaja el solo hecho de contemplarla sentada en su mecedora o apoyada en el mostrador. Escucha, sonríe y entrega. Ni más, ni menos. Y ni bien te vas sale volando por la ventana para recorrer el océano entero, sin límites posibles. El otro día entré a comprar alguna minucia, pero como no tenía sencillo para el vuelto, con la mayor naturalidad del mundo me dice “luego me das”. Así sin más, sin nombre ni apellido, sin pasar la dorada por el lector, ni caras serias, ni carta notarial de garantía. La desconfianza y malicia a las que me tienen acostumbrada en la bulliciosa Lima no corre por sus venas. Aquí la gente es tan diáfana…
¿Serán tus aguas, Colán adorada, las que contagian tanto encanto y tanta paz a todo aquel que tocas?