Laura llegó con sueño por la culpa de quienes decidieron reinvertar la salsa cubana. Tras penosas infinitas horas de espera en el aeropuerto, muy interesantes exposicionesde trabajo y extravíos en calles desconocidas, fue sometida a la fatigosa tarea de observar a bailarines profesionales por tiempo indefinido. Acabado tremendo sufrimiento la pobrecita Laura tuvo que resignarse a perder su nombre, llorar a mares ante el excesivo costo de las llamadas internacionales y descubrir el encanto d la historia del pueblo mexicano sin la cámara fotográfica en mano.
A pesar de tantas tragedias – que en realidad fueron todos sucesos cómicos – decidió aceptar el reto de subir los cientos de escalones de la Pirámide del sol y de la luna (260 empinadísimos escalones de subida, 260 de bajada y otra vez 200 de subida y 200 de bajada una vez más).
Mientras tomaba té helado y merendaba almendras bañadas en chocolate se reencontró con la Indiana Jones que todos llevamos dentro y volvió a sentirse una vez más la chica scout que algún día fue.
Y subió.

Y subimos todos.
Y en su mente reinaban las palabras de Rudyard Kipling:“cuando ofrezca tu camino solo cuestas que subir (…) y precises sonreír aún teniendo que llorar
(…) descansar acaso debas, pero nunca desistir”.
Y ahí estaban los colegas dando ánimos, tendiendo la mano, poniendo el hombro, diciendo algún chiste, o simplemente esperando. Solidarios con los que se quedaban atrás para poder gozar todos juntos de un mágico momento.
Y no miento si les digo que valió la pena. No importa que el vendedor de artesanías los siguiera en todos sus pasos, ni que hubiera tanto sol, ni que hayan dormido apenas tres horas, ni que la siguieran llamando Laura, ni que el TLC no tenga cuando concretarse…

Esa fue una estupenda experiencia.
A pesar de tantas tragedias – que en realidad fueron todos sucesos cómicos – decidió aceptar el reto de subir los cientos de escalones de la Pirámide del sol y de la luna (260 empinadísimos escalones de subida, 260 de bajada y otra vez 200 de subida y 200 de bajada una vez más).
Mientras tomaba té helado y merendaba almendras bañadas en chocolate se reencontró con la Indiana Jones que todos llevamos dentro y volvió a sentirse una vez más la chica scout que algún día fue.
Y subió.
Y subimos todos.
Y en su mente reinaban las palabras de Rudyard Kipling:“cuando ofrezca tu camino solo cuestas que subir (…) y precises sonreír aún teniendo que llorar
(…) descansar acaso debas, pero nunca desistir”.
Y ahí estaban los colegas dando ánimos, tendiendo la mano, poniendo el hombro, diciendo algún chiste, o simplemente esperando. Solidarios con los que se quedaban atrás para poder gozar todos juntos de un mágico momento.
Y no miento si les digo que valió la pena. No importa que el vendedor de artesanías los siguiera en todos sus pasos, ni que hubiera tanto sol, ni que hayan dormido apenas tres horas, ni que la siguieran llamando Laura, ni que el TLC no tenga cuando concretarse…
Esa fue una estupenda experiencia.