
Hace más de 17 años que, mientras saboreaban un wihsky en las rocas, los principales empresarios agrícolas costeños conversaban sobre la importancia de cambiar de cultivos. Dejar el arroz o el trigo para entrar a otros productos más rentables como el
espárrago. La forma de cultivo era diferente, los tiempos de cosecha también, pero había países europeos con alta demanda de estos productos y el negocio podría ser muy provechoso para este producto que ya algún agricultor había empezado a producir desde la década del 50.
No todos se animaron a seguir este nuevo proyecto, pero los que lo hicieron asumieron un riesgo muy grande. Se trataba de innovar. De ofrecer algo diferente, con calidad y con competidores ya acostumbrados a manejar este tipo de cultivo. Se trataba de mirar hacia fuera y hacia el futuro.
No todos los que se animaron tuvieron éxito. Algunos invirtieron mucho y no pudieron recuperarse del todo. Pero otros no tuvieron esa suerte, y gracias a menores cargas crediticias antiguas pudieron sobrellevar las dificultades propias de los innovadores. Tal fue el caso de los empresarios ubicados en los valles norteños de Ica, quienes se arriesgaron a dedicar grandes extensiones para sembrar un producto con calidad suficiente para satisfacer a los fabricantes de conservas españoles y los restaurantes de lujo del mundo.
Con esfuerzo a través del tiempo, se fueron sumando más empresarios a la labor de cultivo de espárragos, vegetal propio de la zona del mediterráneo y consumido por los antiguos egipcios y griegos. Y en la actualidad el Perú es el primer país exportador de espárragos del mundo, habiendo logrado desplazar a importantes países productores como China y Estados Unidos, y ser reconocido mundialmente por la calidad de su producto.
Ese auge no hubiera sido posible si no se hubiera contado con toda una política de promoción de su cultivo y la asociación de quienes cultivan dicho producto en sólidas organizaciones que se encargaron de velar por el mantenimiento de un nivel de calidad y la implementación de toda una serie de buenas prácticas de cultivo, transporte y comercialización.
Pasó entonces de ser un producto poco conocido, consumido o cultivado en el Perú a liderar las exportaciones agrícolas no tradicionales y llegar (
juntando sus variantes verde y blanca) a representar ventas por 290 millones de dólares el año pasado. Diez años atrás (1997), ya cuando el boom del espárrago era algo de lo que todos hablaban y proponían como modelo a imitar, se había logrado situar en el primer lugar del ranking agroexportador, pero sus ventas con las justas llegaban a los 100 millones de dólares, lo que nos muestra que hasta ahora, además de permanecer en el liderazgo, mantiene un crecimiento exponencial (tres veces más exportaciones del producto a lo largo de una década).
Hoy la desgracia ha caído sobre ellos. No directamente en la casa de los dueños de los fundos, sino en las casas de los cientos de trabajadores que se dedican a cosechar el conocido vegetal. Y si bien no se conocen grandes pérdidas monetarias en los terrenos de cultivo, son los campesinos que realizan las labores más sencillas de dicha región quienes han perdido familiares, amigos y casa.
A pesar del drama, se han levantado, han regresado ya al fundo y dedican parte del tiempo a reconstruir sus viviendas y ha cooperar con sus vecinos. Y aunque ellos no son los más dannificados (no suelen ser quienes aparecen en cámaras de televisión ni estar entre los que no reciben ayuda) estamos seguros de que van a salir adelante. Porque son gente que le demostraron al Perú que aún siendo el país pobre que somos, podían sacar adelante una industria y convertirse en productores líderes en mercados extranjeros.
(Estoy segura Iqueños, que con el apoyo de todos, van a salir adelante. Y esto será solo un mal recuerdo).