
Pecaré de poco original y les contaré cómo fue todo. Ya la mayoría vió el noticiero o logró hablar por teléfono con sus seres queridos y probablemente ya leyó “n” blogs con mil historias diferentes, pero no me puedo resistir a darles una versión más del evento.
Iba yo saliendo de conversar con un experto en usos de las computadoras en el aula – que por cierto me dio algunas luces sobre el diseño pedagógico necesario en nuestro país – cuando decidí caminar un poco más y entrar a un grifo de la avenida Javier Prado a comprarme un tentempie. Entonces vì a un tipo joven y buenmozo que con cara de pánico abria la puerta de su auto y salía gritando “Temblor”. Yo, contrariamente a lo que piensan todos los que me conocen bien, no grité, no lloré, ni entré en pánico. Me quedé paralizada. Fue entonces cuando me di cuenta que el suelo se movía tanto como cuando uno se para sobre una tabla para correr olas. ¡Horrible! Los autos se detuvieron, la gente se salía de los vehículos asustada, las luces de los edificios del frente se apagaron y los griferos se fueron hacia la pista. En ese instante me di cuenta que debía alejarme del grifo y cruce hacia el puente peatonal en donde habían unas cinco personas con rostros de pánico.
– ¿Sintieron el temblor? ¿Es temblor cierto? - atiné a preguntar
– ¡Este es un temblor bien fuerte! - atinó a precisar el más anciano del grupo.
– ¡Mis hijos! ¡Diosito mis hijos! ¡Auxilio! ¡Se cae! ¡Se cae! - gritó una humilde mujer que apareció corriendo y llorando frente a nosotros.
– ¡Angel de la Guarda protégenos! - grité yo al verla y comprender que la mujer se refería al panel publicitario que teníamos hacia arriba (unos metros más adelante), el cual se mecía como si de una veleta se tratara. Por un segundo pensé que se nos iba a caer encima.
– ¿Vamos debajo del puente? - le pregunté al chico que habia abrazado a la nerviosa mujer tratando de calmarla.
– No. El pasto se puede hundir – argumentó el viejito, quien no se movía ni medio centímetro.
El movimiento no cesaba y el miedo se fue apoderando de hasta los más calmados. Los rostros se ponían a cada segundo más pálidos. Ahora sé que fueron unos cuantos minutos, pero parecieron horas. Sobretodo porque uno no atina a recordar cuál de los concejos de defensa civil se aplica en ese instante. Tan solo podía recordar al Maese Pathelan (en realidad un compañero de mis años universitarios que representaba a dicho personaje en nuestras funciones públicas de la farsa) a quien encontré de casualidad a la entrada a Ripley a mediados de junio. El trabajaba con estudiosos del clima y me había afirmado en aquel entonces “De todas maneras va a haber terremoto”.
Cuando todos creímos que el susto ya había pasado, comenzamos a llamar por teléfono a nuestras respectivas casas. No sé porqué decimos que es bueno tener “saldo” en el celular para “casos de emergencia” si cuando hay una emergencia no funcionan. Confabulada la tecnología en nuestra contra, no habia aparatito que sirviera para nada (además de tomar fotos, claro está). Así que me trepé al primer taxi que encontré y fue cuando pude saber que en Ica unas niñas estaban en una actuación en un estadio cuando se derrumbaron las paredes y que una
iglesia se había desplomado y que había un incendio en dos puntos de Lima como consecuencia del sismo que había superado los 7 puntos en la escala oficial.

La réplica me cogió en el auto, el cual parecía más bien un bote en marea alta, rodeado de varios otros solidarios compañeros del dolor. Y es que es increible como en la desgracia uno se siente más unido con los extraños. La gente conversaba y se animaba entre sí como si de grandes amigos se tratara. Hasta de un taxi al otro, el que tenía más detalles le contaba al otro las últimas noticias. Felizmente el pánico no consiguió mayor contratiempo que el de un congestionamiento supremo. Y lo que tomaba normalmente 20 minutos se convirtió en una hora de viaje. Una hora eterna mirando a mucha gente haciendo exactamente lo mismo: intentando llamar por teléfono, intentando llegar a casa, intentando tener más detalles sobre lo ocurrido...
Pero llegar a casa no fue para la mayoría nada gratificante. Los limeños nos sentíamos tranquilos de ver a los familiares a salvo a pesar del terremoto, pero las imágenes de nuestros vecinos iqueños nos dolían en el corazón (
cientos de muertos y heridos en una ciudad toda sin luz y sin teléfono) y las advertencias de estar preparados para una réplica o un oleaje nos dejaban a los costeños con ese toquesito incesante de angustia...
(Y miente quien dice que no estuvo en sosobra durante toda la madrugada, porque las réplicas, aunque suaves, no cesaron de repetirse de rato en rato y cada vez que uno encendía la
televisión se iba enterando con más precisión de cómo había sido todo, del 80% de casas destruidas en Cañete, de los derrumbes y muertes en Chincha...)
El Perú está de
luto.
P.D. demos todos una
mano