Mostrando las entradas con la etiqueta discriminación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta discriminación. Mostrar todas las entradas

lunes, mayo 04, 2009

¡Achussssssss!!!


En estos días es casi un delito estornudar en público. Está socialmente vetado. Si lo haces, los que están a tu alrededor voltean a verte y se alejan, aún cuando haya sido una simple reacción alérgica. Y no es para menos. La paranoia se ha generado porque existen más de 800 personas que están infectadas en el mundo entero por la variantes de influenza H1N1, capaz de matar a los humanos. Y más aún porque el virus de la gripe (esparcido por un estornudo) puede quedarse en una superficie hasta 72 horas.

Más allá de que es lógico y hasta recomendable, como paises y como personas, tomar todas las precauciones para no contagiarse o no extenderlo si ya está manifiesto, no deja de llamarme la atención un subtema del que se ha hablado en la prensa: la discriminación. Países que poseen la infección se han quejado con otros países aún invictos (léase Perú) por prohibir el ingreso de aviones provenientes de sus tierras por la posibilidad de traer el virus. Como cuando un niño tenía varicela y las mamás prohibían a sus amiguitos ir a jugar con él y luego la mamá del enfermo se quejaba de que su hijo estaba siendo discriminado.

¿Puede el Perú darse el lujo de permitir el ingreso de un virus que no cuenta con un antídoto efisciente si su sistema hospitalario no es el mejor? ¿Podemos evitar la expanción masiva del mismo entre los miles de pobres que poseemos? Por supuesto que no, por eso debemos evitar al máximo su ingreso. Examinar a quien viene. Pedir certificados médicos. Evitar vuelos masivos sin control. Y los ciudadanos exigir al gobierno que el control en los puertos aereos, masivos o terrestres sea minuciosos. Ciertamente es desagradable hacerlo, pero no queda otro remedio.

Sin embargo, tampoco se trata de ser descorteses, de mirar con recelo a cualquier mexicano o estadounidense que se cruce con nosotros en la calle, o de cruzar a la vereda del frente si vemos a alguien toser con frecuencia. Porque las apariencias engañan y los estereotipos generan prejuicios aveces infundados. Y existen las alergias, las gripes comunes, las influenzas que no son H1N1, el exceso de pimienta en un emparedado...

viernes, marzo 23, 2007

Siendo el día de la discriminación

Cuando los vi, sujeté fuerte mi cartera y traté inútilmente de arrimarme a pesar de que no había ya más espacio libre. Fue una reacción casi intuitiva.


Apareció de pronto. Subió rápido las escaleras y se medio acostó (eso no era sentarse) en el sitio del costado. Muy, muy sucio. Pelo largo despeinado. Polo ancho, roto, percudido y arrugado. Short en iguales condiciones. Y un trapo en la mano que parecía haber limpiado la grasa de miles de autos.
Su mirada estaba perdida. El cobrador le pidió pasaje y como el hombre ni le contestó, el chofer le gritó que se baje. Gesticuló con la mano y salió del ómnibus tambaleándose, no sin antes recorrernos con esos ojos idos.
Al instante el chofer cerro la puerta del ómnibus. Y el hombre, muy drogado, no se le ocurrió mejor idea que arrecostarse en la puerta del vehículo, inconsciente de que si este arrancaba sufriría las consecuencias. Yo ya había soltado la cartera y lo contemplaba dolida, angustiada, preocupada.
Entonces recordé las palabras de Fede, quien afirma estos sujetos son producto de una sociedad corrupta, endeble, dañina. Y en parte comprendí que tenía razón. Si bien la decisión de drogarse o no depende de uno, a veces el entorno te empuja con demasiada fuerza a ello.


Subió pausado, como pidiendo permiso a cada pie para avanzar. Tenía unos lentes inmensos, medio rotos, todos empañados. Era bastante regordete, con mirada esquiva y estaba muy, pero muy transpirado. Su chompa era vieja y bastante percudida. Sus zapatos muy gastados. Y sus manos, un tanto sucias, sostenían fuertemente al diario, como si de una joya preciosa se tratara.
Se sentó frente a mí. A los pocos segundos sacó un lapicero y le dio un par de besos. Sin importarle – o sin darse cuenta – que lo miraran como a un extraterrestre dio un par de lamidas a su desgastado y mordisqueado lapicero azul. Como siguiendo un ritual mágico empezó a desdoblar su diario con mucha delicadeza. Abrió el crucigrama y empezó a revisar, sumamente concentrado, todas sus respuestas. De tanto en tanto apretaba fuerte el lapicero y remarcaba una palabra. Así se la pasó todo el viaje.
Bajamos en la misma esquina sin que el se percatara de mi existencia. Ya en la vereda no existían los vendedores ambulantes ni los taxis tocando bocinas ni los lustrabotas. El iba casi saltando, mirando al piso, sin pisar la línea, rumbo al diario.
Entonces recordé que cuando era niña me encantaba ir jugando a que perdía si pisaba la línea. Y lo miré con una sonrisa, comprendiendo que no era un “anormal” como delataban las miradas de los transeúntes que nos cruzábamos. Era alguien especial. Incomprendido y apartado, aún a pesar de su inocencia.