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martes, enero 13, 2009

Malas costumbres


¡Cara de mono! Sí. De mono feo. Y, por si acaso, bien frito. Antes de que piensen que enloquecí publicamente, me explico. En el norte, cuando alguien hace algo que molesta mucho se le dice cara de mono o andate a freir monos. Y eso es lo que le digo yo al avispado ladronzuelo que me cruce recientemente.

Lamentablemente, la delincuencia no termina de ser erradicada. Pero lo peor es que los limeños nos terminamos acostumbrando a que esto sea así. Al menor descuido, zas. Haciendo un poco de memoria, caí en la cuenta de que en los últimos 8 años he tenido 6 celulares, de los cuales 4 me los robaron en mis narices. También me han robado unas 5 veces el monedero...

Tenía 14 años cuando me robaron por primera vez, saliendo del circo. Jalaron la cartera, y como esta no se rompía, termine arrastrada por el piso. Allí aprendí que lo mejor es no pelear demaciado con el ratero. Y la última vez fue el viernes pasado, cuando un amigo de lo ajeno literalmente me arranchó mi querido celular de las manos, llevandose mis fotos, mi música, mi agenda... y es que ahora el celular es mucho más que un celular: es casi casi un asistente.

Pero más allá de la anécdota, el punto es que todavía queda gente en esta ciudad que no aprende a respetar al prójimo. El problema es que no es uno o dos, sino varios, y perduran en el tiempo. En algunas zonas de Lima hay buenos niveles de seguridad, cámaras vigilando el más mínimo movimiento y policías que llegan inmediatamente, pero quedan muchos otros sitios en donde no hay garantías para pasear despreocupadamente. Y sí, esto se soluciona educando a la gente y erradicando la pobreza, pero también se necesita, señor alcalde, un poco más de mano dura.


La cifra:
Solo en el 2006 - 1.163.347 celulares robados o extraviados en el Perú, de los cuales sólo fueron recuperados 323.432, es decir apenas una quinta parte.

miércoles, mayo 02, 2007

Vanguardias de la Emancipación

Por razones diversas propias de las complicaciones del periodismo, me encontraba yo en 28 de julio esperando un bus que me acercara al diario. Apurada como siempre, preferí empezar a caminar por la avenida Lampa para llegar a Emancipación. Como eso de estar ahí inmóvil con cientos de amigos de lo ajeno era un riesgo, asumí que al moverme correría menos peligro.

Unos pasos más allá empezó mi taquicardia cuando, en lugar de cruzarme con un vendedor de choclos sancochados, me topé con un vendedor ambulante de armas. Ahí, casi al pie del palacio en donde se supone se decide quien ha sido justo y a pocos metros de donde se consiguen todos los títulos falsos que uno pudiera imaginar, estaba tan campante un hombre mostrando navajas y pistolas al mejor postor.

Luego de avanzar presurosa, me topé con una bandada mañanera de criminales. Cual manada, iban con paso torpe, ropas viejas y miradas incisivas. “¿Qué hacen tantas personas juntas, sin prisa alguna, paseando sin rumbo, buscando problemas?” me dije mientras baje la velocidad al mínimo para no tener que cruzármelos.

Asombrada, vi a las jovencitas que “alquilan” sus celulares en una esquina. Letrero al cuello y risa en los labios, las casi niñas estaban despreocupadas buscando clientes sin prestar mayor atención a las continuas bandadas o pandillas que circulaban por el lugar.

Al parecer, los diversos grupetes de chicos no habían dormido y su circulación a las ocho de la mañana tenía más apariencia de búsqueda de víctimas para “continuar la juerga”. Los pocos “oficinistas” vestidos de traje bajaban asustados de sus taxis y prácticamente corrían al interior del palacio, como si dentro de él se pudiera encontrar la paz.

Convencida ya de que nunca debí haber circulado tan temprano por esas calles, llegué a Emancipación con el alma en la boca. Ahí estaban el vendedor de lupa de bolsillo de oferta, los lustrabotas, el cieguito con sus controles remoto universales, la gordita que te ofrece pesarte en una pequeña balanza y el cojo de los chocolates. Suspiré aliviada al encontrarme con mis habituales informales.

Al rato mi sorpresa fue mayor cuando, pasando al canillita, ví un llamativo letrero en donde la modernidad había llegado. La dueña, con el orgullo de quien descubrió la pólvora, invitaba a los transeúntes a la cibernética. “Balanza Digital” rezaba el letrero imponente, marcando la diferencia. Sí, era una balanza casera puesta en el piso como las demás, pero por la supuesta exactitud que ofrecía su sistema, costaba el doble: nada menos que veinte céntimos (0.05 centavos de dólar).

Luego de sonreírle a la orgullosa dueña de tan alta modernidad la calma volvió. Estaba aliviada al ver a mis habituales desconocidos, quienes me parecieron hasta inofensivos a pesar de la mala fama de la calle Emancipacion. Contemplé entonces los titulares de la prensa en donde destacaban la matanza realizada por un joven asiático en una universidad norteamericana. Y sentí a norteamérica tan cercana...